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LA POESÍA DE RODOLFO HINOSTROZA



                Rodolfo Hinostroza nació en Lima, en 1941, y pasó su infancia en Huaraz, en una casona de su
              familia paterna. Volvió luego a Lima, donde terminó el colegio e inició estudios de medicina en la
                Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que abandonó dispuesto a dedicarse a la poesía y,
                  como le aconsejara el poeta César Calvo, «ponerse en manos del destino». En 1962, viajó a
                 La Habana, con una beca para estudiar literatura, y allí apareció su primer libro de poemas,
                 Consejero del lobo (1965), escrito con notable madurez en medio de las tensiones e ilusiones de
              la época. Hinostroza regresó al Perú y, en 1968, partió a París, donde residió durante dieciséis años.
                 En 1970, su libro Contranatura obtuvo el prestigioso premio Maldoror, promovido por Barral
             Editores, consagrándose como una de las voces más importantes de su generación en nuestra lengua.
               De nuevo en Lima, Hinostroza prosiguió con sus eficaces incursiones en otros géneros literarios
               -cuento, novela, teatro-, luego de haber publicado un testimonio de su experiencia psicoanalítica
                en Aprendizaje de la limpieza (1978). Se dedicó también a la astrología y a la crónica periodística,
                y fue, además, un reconocido gastrónomo. Su tercer libro de poemas, Memorial de Casa Grande,
                   conmovedor recuento de su experiencia familiar, apareció en Lima, en 2002, y el último,
                    Nudo Borromeo y otros poemas perdidos y encontrados, en 2008. El poeta obtuvo el Premio
                   Nacional de Literatura (2013) y falleció en Lima, en 2016. La más reciente edición de su
                               Poesía reunida fue publicada un año después por el sello Lumen.

            ECLIPSE                                            Con los de un vagabundo
                                                               De esos que abundan en las calles de Lima,
            Un sol negro semejante                             Y mueren sin un grito?  Cómo voy a confiar
            a la premonición del desastre. Un                  En que sean estos los huesos de mi querido padre,
               sol muerto                                      Don Octavio, Tachito,
            robando las plegarias de los campe-                Si en la Fosa Común donde lo echaron
               sinos ojerosos.                                 Puede ocurrirle cualquier cosa
            Un sol ajeno a todo lo que había-                  A los huesos de uno?
               mos conocido                                    Su hermano, tío Reynaldo había jurado
            hasta entonces,                                    Encontrar a mi padre, y recorrió toda esta Lima a pie
            a todo lo que habíamos sufrido                     Durante un año, para hallar a mi padre, el poeta,
               hasta entonces.                                 Que se había perdido en la ciudad,
            Este es el sol que ha descendido   El poeta en los años 60  Como suele ocurrirles a los ancianos y a los locos.
            sobre nuestras ciudades. Ha                        Todos los días salía, después del desayuno,
            agotado las doncellas. Ha roto de un hachazo       A buscar al hermano mayor,
            las gruesas mesas de madera y los toneles          A aquel poeta provinciano,
            de vino espeso como sangre de gallo. Ha tensado    Talentoso, desgraciado y perdido
                                                               Por los barrios de Lima. Llevaba
            los mares y los ríos. Ha cortado la leche          Una vieja foto de mi padre, amarillenta,
            de las madres primerizas. Ha revelado              Donde aparecía con su pelo ya blanco,
            a los bachilleres sudorosos                        Sus ojillos brillantes de inteligencia, sus mejillas fláccidas
            que hay una espera completamente sobria            Labradas por años de inútiles batallas
            de lo inevitable,                                  Contra lo que él llamaba su destino adverso
            fría como el rodar de las esferas celestes.        Cuando se hallaba de un ánimo blasfemo,
            Todo está ahora detenido. No obstante              Dispuesto a enrostrarle a un Dios
            hay como el ruido de cubiertos en una larga sobremesa.            en el que no creía,
            Y bufones huidizos, bufones                        Sus continuos fracasos.
            de orejas puntiagudas                                        La boca grande, elocuente.
            soportando en sus jorobas las secas maldiciones.   La frente alta y despejada. Con un terno marrón, creo,
                                                               A rayitas. Esa imagen debió corresponder
            En Consejero del lobo, 1965
                                                               A una época feliz, tal vez la de Huaraz,
                                                               Cuando estábamos todos juntos, mi hermana
            LOS HUESOS DE MI PADRE                             Mi madre y yo, mucho antes
                                                               Del divorcio.
            Serán estos los 206 aristocráticos huesos de mi padre?  Reynaldo la mostraba
            Todos completos, con su maxilar inferior, su frontal,  A la gente, los interrogaba venciendo
            Sus falangetas, su astrágalo,                      Su enorme timidez: «¿Ha visto a este hombre?»
            Su vómer, sus clavículas?                          Indesmayablemente a pie,
            No se habrán confundido                            Tío de a pie como un remoto soldado de una guerra perdida,
            En la Fosa Común                                   Raso, humilde, cumplido,

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