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LA POESÍA DE EGUREN
José María Eguren (Lima, 1874-1942) es considerado, con César Vallejo, el fundador de la poesía
peruana contemporánea. Aficionado a la pintura y la fotografía, solo publicó en vida dos poemarios,
Simbólicas (1911) y La canción de las figuras (1916), y una edición compilatoria de sus Poesías (1929),
que apareció en el sello de la Biblioteca Amauta, gracias a la devoción que le profesaban José Carlos
Mariátegui y los jóvenes vanguardistas de la época. Eguren tuve de niño precaria salud, lo que le
permitió pasar largas temporadas en el retraimiento de una hacienda familiar próxima a Lima.
Estudió en el colegio jesuita de La Inmaculada y fue luego autodidacta. Vivió la mayor parte de su
vida en el balneario de Barranco, trabajó algunos años como director de bibliotecas escolares y
escribió también una serie de breves ensayos, reunidos por el crítico Estuardo Núñez en el libro
Motivos estéticos (1959). «Todo arte -dice Eguren en uno de sus textos- es poético; un vuelo fino y
absoluto; su libertad corta la red, la métrica y la rima son sus pajes. El ideal sería prescindir del
número y la forma; pero existe un ritmo vital, que se expande internamente {…}. Las ideas únicamente
estéticas de la poesía son infinitas por extensión y libertad». Entre las recientes ediciones de Eguren
deben mencionarse El andarín de la noche. Obra poética completa (Madrid, Signos, 2008), a cargo de
Juan Manuel Bonet, y Poesías completas y Prosa completa (Lima, Biblioteca Abraham Valdelomar y
Academia Peruana de la Lengua, 2015), ordenadas y anotadas por Ricardo Silva-Santisteban.
ANTOLOGÍA MÍNIMA
LIED I CASA VETUSTA
Era el alba, En el fondo del valle,
cuando las gotas de sangre en el olmo vetusta casa
exhalaban tristísima luz.
nos presenta musgosas
Los amores escalinatas.
de la chinesca tarde fenecieron En el bosque sombrío,
nublados en la música azul. mustias y raras,
como muertas pupilas
Vagas rosas son sus ventanas.
ocultan en ensueño blanquecino,
señales de muriente dolor. Por los negros pasillos
que se enmarañan,
Y tus ojos el oído acarician
el fantasma de la noche olvidaron, Autorretrato, ca. 1908 breves palabras.
abiertos a la joven canción. En su raro aposento
viven las hadas
Es el alba;
hay una sangre bermeja en el olmo y los antiguos seres
y un rencor doliente en el jardín. cuando por él discurren de la campaña.
los duendes gachos; Las ancianas cigüeñas
Gime el bosque, que en sus ficciones que en ella paran,
y en la bruma hay rostros desconocidos te enseñarán sus tristes de los muertos señores
que contemplan el árbol morir. cavilaciones. a veces hablan.
Ni busques los derruidos, Por doquiera nos dicen,
añejos hornos; las luces blancas,
NORA a ocuparlos van siempre el amor misterioso,
los mustios gnomos, feliz que guardan.
Así le canta a Nora cuyos acentos O miramos señales
su triste abuela: te ceñirán de amargos multiplicadas,
—En tu juego no sigas presentimientos. de la siempre escondida
por la dehesa;
que en su beleño Cuando beber ansíes suerte galana.
soñarás con el hombre de fresca noria, Y por eso los gratos
de torvo ceño. a buscarla comienza; ensueños causa,
mas, nunca sola, blanquecina y musgosa,
El lugar no contemples porque latidos vetusta casa.
de los chaparros, sentirás en el alma,
desconocidos.
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